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No existe el «punto Dios»

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No existe el «punto Dios»

Notapor Antonio » Vie Jul 03, 2009 2:42 am

«No hay nada único sobre las creencias religiosas en estas estructuras cerebrales. La religión no tiene un 'punto Dios' como tal, sino que esta inscrita en un conjunto entero de sistemas de creencias en el cerebro que usamos todos los días». Esto es lo que comenta el neurocientífico cognitivo Jordan Grafman en esta nota, respecto a la evidencia acumulada a la fecha sobre la búsqueda de la religión (y Dios) en el cerebro. Ahora bien «estas estructuras cerebrales» a las que se refiere Grafman no son sino los complejos sistemas neurales que soportan la cognición social y espacial en seres humanos, y que entre tanto se correlacionan tanto estructural como funcionalmente con la neurocognición de otros primates (como un creciente número de datos muestran: más parecida a la neurocognición humana en tanto más nos acercamos a nuestros parientes simios más cercanos.)

Claro está que, como se viene revisando progresivamente en nuestro blog, hay algunos aspectos igualmente fundamentales de la cognición humana en general (otra vez, nada exclusivamente dedicado a la religión), que hacen que solo los humanos tengan ciertas ideas respecto al mundo que les rodea, ya que en efecto, no parece que los grandes simios, por lo menos, tuvieran ideas religiosas.

El «punto Dios» es un concepto que surgió como resultado de las primeras aproximaciones estrictamente neurocientíficas (fines de los 80s) a las experiencias religiosas como el éxtasis místico y la meditación. Eran los días de la neuroteología (cf. http://www.numenware.com/). Neurocientíficos como V. Ramachandran o M. Persinger coincidían en que existía algún «punto» o «módulo» en el lóbulo temporal que específicamente producía la sensación o la idea «Dios», o por lo menos producía la sensación de una «presencia» ajena a nuestro cuerpo, cuando se le estimulaba eléctricamente, en términos empíricos controlados, o cuando se producían desajustes eléctricos naturales como parte de un ataque de epilepsia de esa área cerebral. De hecho, el interés por la relación entre la epilepsia del lóbulo temporal y ciertas alucinaciones de connotación mágico-religiosa se remonta a los años 50s.

Persinger desarrolló mucho más la hipótesis y argumentó que la religión, en tanto vinculada a este «punto Dios» en el lóbulo temporal, era resultado del efecto del electromagnetismo terrestre en ésta área cerebral. Más aún, Persinger modificó un casco de motociclista para que contenga unos solenoides que creaban un campo electromagnético débil... este caso se ponía a funcionar en la cabeza de un voluntario y así Persinger intentó mostrar que se podía inducir de modo puramente artificial lo que sería una experiencia mística. La hipótesis de la Tierra es hasta cierto punto plausible si atendemos algunos pasajes históricos, como el ataque de epilepsia de Pablo coincidiendo con un terremoto y su experiencia religiosa. Otras figuras religiosas prominentes como Mahoma se sospecha que también tuvieran este tipo de epilepsia. El «casco de Dios» se volvió controversial y el experimento no pudo ser replicado satisfactoriamente en 2004.

Otros estudios de neuroimagen de experiencias místicas han mostrado que no es una única área cerebral sino varias, las implicadas en tal fenómeno. Por otro lado, el progreso de la Ciencia Cognitiva de la Religión también ayudó a desacreditar la hipótesis al encontrar muchos aspectos neurocognitivos, dedicados a tareas cotidianas no religiosas, subyacentes a las creencias sobrenaturales. Aunque, de todos modos, la junción temporoparietal, entre otras áreas adyacentes de los lóbulos temporal y parietal, son en efecto áreas fundamentales para varias experiencias extraordinarias vinculadas a la religión, como también vinculadas a aspectos no tan extraordinarios de ella.

Para Grafman, que cree en Dios, la creencia religiosa emerge cuando nuestro conocimiento del mundo está incompleto. Esto, que puede resultar evidente a simple vista, de varias formas está siendo analizado y mostrado objetivamente por el estudio científico de la religión. Entre tanto, a la vez este sistemático relleno de agujeros en el conocimiento cotidiano se ha evidenciado como el modo por defecto, y adaptativamente estratégico, en que trabaja nuestro cerebro. La religión pues, luce como un «efecto derivado» de la evolución humana.
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Antonio
 
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